Maria Tereza Maldonado
A veces pensamos que ser bueno es literalmente hacer todo por los niños, estar permanentemente a su disposición, de modo superatento a todo lo que el niño pide o creemos que necesita. Com esta actitud, el desarrollo de la autonomía del niño queda disminuída, pudiendo generar dificultades al proceso de irse desprendiendo poco a poco de los padres.
La madre de Adriana, de 4 años, no la dejaba hacer sola casi nada: la bañaba, la cambiaba de ropa, le pasaba los juguetes que la misma niña podía alcanzar. Por esto, Adriana se volvía demasiado dependiente, siempre aferrada a la madre, tenía dificultades para separarse de ella e ir a la escuela o a casa de los amiguitos.
Muchos sentimientos pueden estar subyacentes en este tipo de conducta: en el caso de la madre de Adriana, fue posible descubrir que la superprotección estaba muy ligada a una compensación de um sentimiento de culpa, por haberle dado poca atención durante el primer año de vida, ya que viajaba con su marido casi todo el tiempo. Intentaba compensar una ausencia en el pasado con una presencia, em demasía, en el presente.
Algunas veces la superprotección esconde una actitud de no creer en la capacidad del hijo de hacer las cosas por sí solo. El padre de Flavio, por ejemplo, acostumbraba hacer los deberes escolares por él y no junto con él cada vez que el hijo tenía dificultades; así impedía que el hijo se esforzara y enfrentara obstáculos que le permitieran verdaderamente aprender. La fragilidad de los niños puede ser motivada por otros factores, como en el caso de la madre de Suzana, a quien le costó mucho quedar embarazada y sufrió várias amenazas de aborto durante la gestación: por eso, veía a su hija como si estuviera hecha de porcelana china. Tenía mucho miedo de que se diera golpes, le impedía correr, saltar, tenía miedo de que saliese a la calle con otras personas, miedo de perderla, y de esta manera restringía enormemente las experiencias de Suzana.
Puede ser que la superprotección se deba a la fragilidad ligada a males o deficiencias del niño, superadas o aún presentes. Los padres de Carlos, de 8 años, seguían teniendo una especial atención con él, desde que a los 2 años lo tuvieron gravemente enfermo; las atenciones, cuidados y diligencias, imprescindibles en aquella época, se las seguían dando sin ser necesarias.
Muchos padres necesitan hacer todo por el niño para poder sentirse útiles. En la medida en que el hijo crece se sienten sin función, solos y resentidos ao ser requeridos sólo en contadas oportunidades. El niño ilusoriamente les elimina la sensación de vacío y les ahorra el sentimiento de soledad.
Ser bueno padre o buena madre a veces tiene el significado de dar todo a los niños. En ese contexto, predominan las actitudes de renuncia ( “ser madre es un sufrimiento, no es un paraíso”) , en que sólo se toma en cuenta aquello que el niño necesita, las necesidades de los padres quedan en un segundo plano, y así poder vivir en función del hijo. Es frecuente que esta actitud encubra un inmenso sentimiento de culpa: la sensación de que si cuidan de si mismos estarán abandonando al niño, dejándolo de lado.
Es evidente que la actitud crónica de renuncia genera insatisfacción y frustración de apariencia más o menos sutil, como si tener hijos fuera una especie de buena apariencia: cuidar de ellos, dedicarse integralmente a ellos y darles todo, es tomado como una especie de garantía de que más tarde retribuirán a sus padres en términos de gratitud y reconocimiento.
No es raro que la actitud de “dar todo” provenga de la necesidad de compensar frustraciones vividas por los mismos padres. Como dijo una madre: “mis padres creían que no debían darme casi nada, me prohibían de hacer tantas cosas que me gustaban; por eso a mis hijos les doy todo lo que quieran, para que nos sientan lo que yo sentí”. Frecuentemente esa compensación asume la actitud de “llenar” los hijos de juguetes y ropas. La consecuencia es que el niño no desarrolla la capacidad de apreciar el valor de las cosas que tiene o que gana, perdiendo así el gusto de recibir.
Eso fué lo que pasó con Andrés: sus padres le compraban casi todos los días cuadernos, tintas, colores, juegos y terminaba poniéndose bravos porque a los dos días tenía ya todo roto y acabado. Cuando los padres de Andrés resolvieron decirle que habían tomado la decisión de darle un juguete por semana, al princípio él reaccionó con rabia y protestó, pero poco a poco aprendió a usar los juegos de un modo más adecuado.
Hacer todo lo que pida el niño es una manera de darle todo. Muchas veces la dificultad que se encuentra para decirle “no” se basa en una noción errónea de las teorías sicológicas: algunos padres creen que no tienen derecho a frustrar a sus hijos, y justamente por eso es necesario atender de inmediato lo que pide para poder hacerlo feliz. En verdad, esta conducta implica un exceso de permisividad, que produce innumerables consecuencias nocivas para el buen desarrollo del niño.
Todos nosotros, como personas humanas, tenemos la necesidad de “equilibrar los platos de la balanza”; dar y recibir, atender las necesidades de los otros, pero también las nuestras. Si permanentemente atendemos sólo a los niños y no nos tomamos en cuenta, inevitablemente quedaremos con cierto resentimiento y después vamos a cobrar de alguna manera: los hijos podrán convertirse en una representación nuestra, a través de los cuales realizamos algo que hemos deseado mucho; o podemos exigir que nos paguen cuidando de nosotros, llenando nuestras expectativas o haciéndonos companía.
Para muchos padres, ser bueno significa ser perfecto: no tener fallas, acertar siempre, hacer todo impecablemente, para ser el mejor padre y madre del mundo. Generalmente son personas que sienten la necesidad de hacer todo perfecto, también en las otras áreas de su vida, y trasladan esa forma de ser a las relaciones con sus hijos. Se trata esencialmente de crear un ideal sobrehumano, que intenta inutilmente llenar, con mucha tensión, ansiedad y la sensación de estar permanentemente haciendo aquéllo que se debe hacer.
Cuando los padres construyen altas expectativas para sí mismos, suelen exigir mucho del niño, pues hijos de padres perfectos tienen que ser perfectos. Esta exigencia en relación al niño se puede manifestar de varias maneras: esperar que se comporte siempre de un modo ejemplar, que siempre tenha un rendimiento escolar excelente, que sobresalga en todo lo que hace, para ser mejor que los otros niños. Esta exigencia, muchas veces, se mezcla con la excesiva valoración que actualmente se da a la competencia, la precocidad y el activismo. El niño tiene muchos compromisos: natación, inglés, judo, ballet, de tal forma que “sepa mucho”, aunque esto signifique que no le quede tiempo para jugar.
En este contexto el hijo tiene la misión de aumentar la autoestima de los padres, como si fuera una tarjeta de presentación: siendo maravilloso, permite que sus padres se sientan maravillosos, con la seguridad de que han hecho un buen trabajo. El hijo se convierte en la promesa o la esperanza de lograr metas que los padres no consiguieron en sus propias vidas.
La superexigencia en relación a nosotros mismos, como padres, nos puede volver eternos esclavos del sentimiento de culpa por las imperfecciones inevitables e inherentes al simple hecho de que somos humanos.
* Este texto es parte de un capítulo de mi libro “Comunicación entre padres e hijos”, Ediciones Paulinas, Venezuela, 1987. Traducción del original en portugués “Comunicação entre pais e filhos”.